En 1734, don Baltazar Gavilán deseoso de vengar el desprecio del que le hacía victima una guapa moza llamada Mariquita Martínez en quien ya había gastado una pequeña fortuna procurando agradarle sin éxito, al pasar por su lado le cortó con unas tijeras una de las hermosas trenzas que eran el encantador marco de una cara tentadora.
Huyendo del castigo que el delito le merecía se refugió en el convento de San Francisco cuyo guardián era su padrino, y se quedó en la santa casa esperando le perdonara la autoridad el agravio a la bella dama.
No se sabe si fueron las penas de amor o qué tipo de penas las que llevaron a Gavilán a beber con desenfreno y contra toda prudencia, según anota Ricardo Palma, pero si se sabe que fue en completo estado de embriaguez cuando hizo sus mejores esculturas.
Gavilán fue escultor de los buenos, sin otro maestro que su natural inclinación a cosas de arte y sin otros deseos que los de ocupar honestamente las horas de ocio de su forzado encierro en el convento de San Francisco. Entre las obras de Gavilán, enumeradas por Sebastián Lorente en su Historia del Perú, figura una estatua de Felipe V, cuyo valor artístico mereció al autor el perdón de su delito de mutilación de las trenzas de Mariquita. Fue colocada esta escultura en lo alto del Arco del Puente de Piedra hasta su destrucción en el terremoto de 1746.
También fue autor de una estatua de la Muerte, obra perfecta en el decir de quienes la vieron y cuya perfección fue la desdichada causa de la muerte del escultor, como veremos. Deseando Gavilán celebrar en alegre compañía el triunfo artístico alcanzado por su estatua de la Muerte, triunfo que había sido muy halagado por todos incluso por los religiosos franciscanos y de cuantas personas vieron la estatua, se fue con unos amigos a beber en exceso como ya era costumbre en él y volvió a su alojamiento en el estado que es fácil suponer.
Refiere Palma que Gavilán había dormido unas pocas horas y que, al despertar de su sueño, vieron sus ojos que la estatua de la muerte suspendía sobre la cabeza del artista el arco y la flecha que sus manos habían labrado primorosamente. “Desconoció su obra –agrega el señor Palma- y comenzó a gritar, acudieron los vecinos y por la incoherencia de sus palabras” comprendieron que había perdido la razón.
No es de sorprender que dado los hábitos exagerados con el licor, y tal como señala Hermilio Valdizan en su obra Locos de la Colonia, es bastante probable que haya sido víctima de un desorden conocido como deliriums tremens que derivan en una fulminante hemorragia cerebral y que lo llevó finalmente a la muerte el mismo día siguiente a la noche de los sucesos.
Esta escultura de la Muerte era sacada cada año en la procesión de Jueves Santo. En la actualidad se encuentra en el convento de los Agustinos.
Fuente: Lima Incógnita

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