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Laura Dern y el monólogo de las madres ‘Virgen María’ en 'Historia de un matrimonio'

El monólogo de Laura Dern en la película de Noah Baumbach expone el mito y la brecha simbólica que pesa sobre las madres cuando son evaluadas ante los ojos de los demás mientras se valida la figura del 'padre ausente'.

El heredero del monólogo sobre la cool girl de Gyllian Flynn ya está aquí, se puede disfrutar en Historia de un Matrimonio en boca de Laura Dern y va sobre las expectativas sociales y la presión que se ejerce sobre las madres, a las que se construye socialmente como una especie  de vírgenes y seres sin mácula. Dentro de la película de Noah Baumbach, que transita por los desgarradores y sinceros caminos de un divorcio en los que se disputa la custodia legal de un hijo, una escena en particular está llamada a hacer historia por mostrar los juicios morales que pesan sobre las progenitoras cuando son evaluadas ante los ojos de los demás. Una disertación que no llega al minuto y medio, pero que ha conseguido robar (algo de) protagonismo al alud de alabanzas y elogios de las interpretaciones de Adam Driver y Scarlett Johansson. Mientras el personaje de Nicole (Johansson) prepara su testimonio con su abogada Nora Fanshaw (Dern), su representante legal le llama la atención cuando ella pretende declarar en el estrado que suele tomarse alguna que otra copa de vino y que uno de sus «puntos débiles» puede ser insultar (con diminutivo cariñoso) a su hijo cuando este se pasa de la raya:

“Te voy a parar ahí. La gente no tolera a las madres que beben y le dicen a su hijo ‘cabroncete’. Lo entiendo, yo soy igual. Un padre imperfecto es aceptable. El concepto de buen padre solo se inventó hace unos 30 años. Antes era normal que los padres fuesen callados, ausentes, poco fiables y egoístas. Claro que queremos que no sean así, pero en el fondo los aceptamos. Nos gustan por sus imperfecciones, pero la gente no tolera eso mismo en las madres. Es inaceptable a nivel estructural y espiritual. Porque la base de nuestra patraña judeocristiana es María, la madre de Jesús, que es perfecta. Es una virgen que da a luz, apoya incondicionalmente a su hijo y sostiene su cadáver al morir. El padre no aparece. Ni para echar un polvo. Dios está en el cielo. Dios es el padre y Dios no se presentó. Tú tienes que ser perfecta, pero Charlie puede ser un puto desastre. A ti siempre te pondrán el listón más alto. Es una jodienda pero es lo que hay”.


No es la primera vez que se teoriza sobre este paralelismo simbólico, escrito en esta ocasión por el propio Baumbach, para apuntar a «esa patraña judeocristina» que ha llevado a la segregación impuesta de bondad, ternura y perfección que pesa sobre las madres en la cultura occidental mientras la figura paterna, como recuerda Dern en el monólogo, «puede ser un puto desastre». La invención del mitema de «la madre virgen» es un clásico que se reproduce una y otra vez en culturas aisladas entre sí, tal y como recuerda Katixa Agirre en el reciente Las Madres No (Tránsito, 2019), donde destaca otras referencias históricas sobre este arquetipo.

La autora recuerda que en la mitología griega ya se establece una moral similar sobre la historia de una virgen Atenea, diosa de la sabiduría y la guerra, que queda embarazada después de que Hefesto eyaculase sobre su ropa y ella, asqueada, tirase los restos de semen al suelo, desde donde nació Erictonio. Maia, madre de Buda, también concibió a su hijo castamente en un sueño. Coatlicue, diosa azteca, se quedó embarazada mientras barría y cayeron unas plumas del cielo para que gestase, sin pecado, a un dios mexica, Huitzilopotchi. En la tradición persa, Anahita también gestó a un dios, Mitra, siendo virgen. «¿A qué se debe esta obsesión recurrente por los embarazos virginales? ¿De dónde sale esta disociación histérica, antibiológica, antiempírica y misógina, al fin y al cabo», se pregunta Agirre en las páginas, y responde: «Si alguien es madre, el sexo no puede interferir en su vida. Si una mujer cae en las garras del sexo, ya no es madre, es puta. Si es puta, no da vida; muy al contrario; probablemente sea peligrosa […] O dicho de una manera más simple. Todas putas, menos mi madre», sentencia.



El padre ausente siempre gana: de la ‘madre virgen’ a la ‘madre total’
«El sexo es la única frontera abierta a las mujeres que siempre han vivido dentro de los confines de la mística de la feminidad», escribió en 1963 una Betty Friedan algo estupefacta frente al ansia de aventuras sexuales sin romanticismo que se prodigaba entre las amas de casa hastiadas de los barrios residenciales estadounidenses. Casadas que fantaseaban con abandonar a su familia para entregarse al frenesí de aventuras sexuales en países exóticos. Mujeres que se habían asexuado en su transformación en ‘esposas de’ y cuya ruptura con su estado de ‘madre virgen’ pasaba por retomar el placer de los sentidos en esferas ajenas a lo doméstico. El hogar como escenario en el que se desnaturalizaba el placer y se enviaba a otra órbita porque las prioridades pasaban por estar plenamente volcadas en la crianza, un proceso que pasaba por anular su propia identidad sexual.

Medio siglo después y con dos revoluciones feministas a cuestas en las que se ha reivindicado el autoconocimiento del placer femenino como símbolo identitario, las madres siguen acarreando el síndrome de la Virgen María. En La señora Fletcher, la novela de Tom Perrota (traducida Libros del Asteroide y adaptada ahora en forma de dramedia en HBO), lo experimenta su protagonista, Eve, una divorciada de mediana edad que ha criado a su hijo único con un padre ausente (pero plenamente admirado por el vástago) y que no vuelve a ser sexualmente activa hasta que este abandona el nido e ingresa en la universidad. En el momento en el que su hijo sale por la puerta, Eve se aficiona a masturbarse sin descanso y con alegría con porno online, una afición en la que casi nunca había pensado «salvo con inquietud maternal», como simboliza el autor en las páginas.

«Para los hijos, para los hombres ausentes y para nosotras mismas, solo somos madres», escribió en 1976 Jane Lazarre en El nudo materno (rescatado con traducción de Elena Vilallonga por Las Afueras en 2018), un texto que le valió para erigirse en una de las pioneras que verbalizaba las contradicciones de identidad femenina en el proceso de maternidad. Lazarre abrió la veda hacia debates sobre este ámbito que han derivado en las «madres arrepentidas» Orna Dornath o la crítica desde las ‘sin hijos’ que, como Lina Meruane en Contra los hijos (Literatura Random House, 2018), repudian el retorno al esencialismo de las «madres totales que se cobijan ahora en la «retórica del medio ambiente» para volver a enfatizar esta dedicación total en la crianza sin corresponsabilidad paterna. Madres «más apegadas a sus hijos» que, según Meruane, propugnan una neomística femenina en la que el padre ausente vuelve a ser validado y normalizado: «Esas madres de apariencia progresista han dado la vuelta completa al círculo para regresar a la retrógrada ecuación mujer=naturaleza que exime a los hombres», defiende la chilena. De la ‘madre virgen’ a la ‘madre total’. Distintos apodos que refuerzan todo lo que el monólogo de Historia de un matrimonio resume en solo minuto y medio: que la «perfección» de una madre frente a un padre que «ni aparece», ese «liston más alto» perpetuo, es una adictiva trama de la que parece que no nos queremos cansar.



Fuente: El País

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