Por Leticia Herrera Cubillo
Nunca fui muy fan de Henry Cavill. Había escuchado malas críticas de su actuación como Superman, pero como no soy muy dada a DC, no tenía idea. Veía su musculatura y pensaba “esto es un poquito mucho”. En bistecs con patas, mi límite de lo aceptable es Chris Evans, de ahí en adelante ya me da cosita, por eso tampoco soy tan fan de Momoa.
Como sea, con todos esos profundos antecedentes, de pronto veo el tráiler de The Witcher.
Me crecieron los colmillos y los elásticos de mis… trenzas dejaron de funcionar. Y me propuse que leería primero, que me prepararía, porque ya lo he hecho así con Outlander y con Juego de Tronos.
A poco andar me di cuenta de que esta saga era diferente de las otras que había leído en los últimos años. Su inicio no era orgánico, sino que provenía de relatos sueltos, publicados por ahí, y luego ordenados vagamente en dos libros: El Último Deseo y La Espada del Destino. Recién después de ellos venía una saga (ciclo, como le gusta decir al autor) de cinco libros y otras obras más. ¿En qué se basaría la serie? Me puse como meta al menos haber comenzado el primer libro de la saga, habiendo pasado por las dos colecciones de relatos para cuando se estrenara la serie. Lo logré. Y actualmente leo el cuarto libro del mismo autor, en el mismo universo.
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