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La escena del metro de 'Joker' está inspirada en una historia real que puedes ver en Netflix

La escena del metro y la persecución posterior que aparecen en Joker se inspiran en la historia real del "justiciero del metro", la historia de Bernhard 'Bernie' Goetz. El documental de Netflix Juicios mediáticos cuenta lo que ocurrió.

La escena del metro de Joker, en la que Arthur Fleck (Joaquin Phoenix), después de ver como tres ejecutivos borrachos del Banco de Gotham, vaya, qué casualidad (es el banco propiedad de Thomas Wayne), acosan a una mujer en el metro, después le dan una paliza a Arthur y terminan siendo objeto de su ira y mueren de forma implacable, está inspirada en una historia real, la historia de Bernhard 'Bernie' Goetz, el 'justiciero del metro', ahora un documental en la serie de Netflix Juicios mediáticos (Trial by media). En la vida real las cosas no pasaron exactamente igual (las edades de los personajes, su procedencia social, su destino final, la vida posterior de Goetz), pero la repercusión mediática y el debate posterior, que refleja la película, sí se parecen bastante.

Aunque, que quede bien claro, Arthur Fleck no es Bernie Goetz, ni Bernie Goetz no es Arthur Fleck. Solo son dos desequilibrados que llevaban un arma en el metro, se sentían agraviados por la sociedad de una forma muy particular, y que decidieron usarla contra unos jóvenes que se encararon con ellos, y luego los medios de comunicación se dividieron entre los que consideraban unos héroes 'enmascarados' y los que insistían en los problemas de la inseguridad, los límites de la auto-defensa y de la venta de armas. Vamos a ver cómo se entrelazan las dos historias. Y no, no es la única trama de la película que se inspira en hechos reales ocurridos en la primera mitad de los años 80 en Nueva York.



El 22 de diciembre de 1984, a las dos de la tarde, en un día inusitadamente templado para esa ciudad y para esas fechas (15 grados), Bernhard Hugo Goetz disparó a cuatro jóvenes afroamericanos (tres de ellos de 19 años, y uno de ellos, de 18) en el metro de la ciudad de Nueva York, en la línea que le llevaba a Union Square, cuando, según su testimonio, le agredieron después de pedirle dinero (cinco dólares) y que él se negara. Tres de ellos sobrevivieron del tiroteo, pero uno quedó paralítico y sufrió daños severos en el cerebro. Según Goetz no era la primera vez que era atacado en el metro. Tres años antes, en 1981, según su testimonio, tres adolescentes también de origen afroamericano, le habían robado su material de trabajo (tenía una pequeña empresa de calibrado de aparatos eléctricos y electrónicos) y le habían pegado. Al ir a denunciarlo, de nuevo, según su relato, la Policía no le tomó en serio y decidió a partir de ese momento ir armado. Goetz compró un arma, una Smith & Wesson del calibre 38 como la del Joker y empezó a llevarla consigo cada día. Solicitó un permiso de armas que nunca le concedieron, por cierto.

Después de disparar a los jóvenes, un pasajero de uno de los vagones contiguos detuvo el tren tirando de la anilla de emergencia. Al poco entró corriendo el conductor que se encontró con los jóvenes en el suelo, tendidos sobre enormes charcos de sangre, y al propio Goetz balbuceando: "Me han atacado". Acto seguido saltó del tren y huyo por los túneles. En los días siguientes los medios se dividieron entre 'justiciero del tren' y 'ataque racial' (los retratos robot de dicho 'justiciero' variaban de un diario a otro). Un editorial del diario New York Post se dirigió al justiciero: "Los editores y reporteros de este periódico entienden su enfado y frustración ... Soportamos el mismo miedo y enfado que explotó en usted el sábado". Es igual que el apoyo que recibe Arthur Fleck en la película.

A los nueve días, en la víspera Nochevieja, Goetz se entregó en una comisaría de Policía en New Hampshire, a cuatro horas y media en coche de Nueva York. Los detectives neoyorquinos que cubrían el caso se desplazaron allí en medio de la celebración. En el primer interrogatorio, Goetz dijo: "Quería matar a esos tipos. Quería mutilarles a esos tipos. Quería hacerlos sufrir de todas las formas posibles ... Si hubiera tenido más balas, les habría disparado una y otra vez. Mi problema fue que me quedé sin balas".

También le soltó a la Policía que no le gustaba la forma en que uno de los jóvenes le habia estado mirando en el metro, antes de pedirle el dinero. Goetz declaró que "había una mirada brillante en sus ojos, como si se burlaran de mí", y en ese momento, Goetz pensó que no tenía más remedio que disparar. "Para el combate, tienes que ser de sangre fría y yo también. Y fue en ese momento que decidí matarlos después de todo, asesinarlos a todos", concluyó.

Goetz regresó a Manhattan, donde le acusaron de posesión ilegal de armas e intento de asesinato. Su fianza se fijó primero en 50.000 dólares, luego se redujo a 5.000 dólares y fue puesto bajo custodia en Rikers Island. Cinco días después de confesar, pagó la fianza y regresó a su casa.

Hasta aquí la inspiración. A partir de ahí, la historia de Goetz incorpora elementos de otra narrativa, la del odio racista. A medida que avanzaba el caso, los detectives comenzaron a encontrarse con una serie de incidentes racistas en el pasado, incluido un incidente en una reunión de su comunidad de vecinas en 1980 donde utilizó insultos racistas mientras se quejaba de los latinos y los ciudadanos negros.

En la primavera de 1985, comenzó el juicio de Goetz. Una encuesta del New York Times de enero de ese mismo año, apuntaba que el 52% de los neoyorquinos creía que lo que había hecho Goetz estaba justificado. El 56% de las personas que lo apoyaban eran blancos y el 45% negros. Durante el caso la sociedad y los medios continuaron polarizados.

En 1987, un jurado predominantemente blanco absolvió a Goetz de intento de asesinato, pero lo encontró culpable de posesión ilegal de armas de fuego. Fue condenado a 250 días de prisión. La familia del joven cuyo cerebro quedó dañado volvió a demandarle en 1996 y ganó el juicio. Desde que salió en libertad Goetz se convirtió en un activista pro-legalización de la marihuana y en un firme defensor de las ardillas de Nueva York, siempre sin abandonar su piso de Union Square.

Fuente: Esquire

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